INTRODUCCIÓN Y CONTEXTO
El inicio estuvo enmarcado en la propia impronta de la escuela que asume dos ejes fundamentales en relación con el aprendizaje, que debe ser critico, creativo y colectivo, que los docentes trabajamos en equipo para llevar adelante los proyectos y que leer y escribir, es decir, producir conocimiento y contenidos sobre la lectura y la escritura son procesos no sólo escolares sino sociales. Además, promover instancias de reflexión que suelen aparecer en ámbitos disímiles fue motivante para enseñar a mirar el mundo con otros ojos.
Pregunta impulsora: ¿CÓMO SE TRANSFORMA UN MANUSCRITO EN UN LIBRO POPULAR?
La pregunta fue productiva, fue buena decisión y la volveríamos a elegir. Lo que sería diferente sería la orientación hacia la impresión del producto final.
Debemos aclarar que hubo un compromiso no cumplido de parte del Ministerio de Educación en relación con los recursos para editar los libros en versiones en papel. Esto, que en principio estaba previsto de otro modo pero luego cambió de rumbo, trajo disgustos y complicaciones innecesarias, por este motivo, pensamos que pensar de otra manera menos arriesgada la resolución del producto final nos hubiera dado más amplitud de trabajo a todos.
APRENDIZAJES Y CONCLUSIONES
Dicen que los proyectos verdaderos no empiezan el día en que se anuncian, sino el día en que algo se enciende adentro de quienes los viven. Historias que ruedan, Leemos por Goleada nació así: como una chispa silenciosa en un aula de séptimo grado, sin saber que estaba a punto de convertirse en equipo.
Todo empezó con una pregunta que parecía simple, pero que abrió un mundo enorme: ¿Qué historias pueden nacer del fútbol cuando lo miramos no solo con los ojos, sino también con el corazón, la memoria y la imaginación?
Al principio, el desafío generó más preguntas que certezas. Había entusiasmo, sí, pero también nervios y dudas. ¿Cómo trabajar el fútbol desde la lectura, la escritura, el diseño, la investigación y la creatividad?
¿Cómo se organizarían los estudiantes? ¿Qué pasaría cuando todos esos mundos se cruzarán en un mismo proyecto?
Los primeros días fueron un terreno desconocido. Cada grupo tuvo que encontrar su ritmo, asumir roles reales y descubrir que todo lo que hacían —escribir, ilustrar, entrevistar, investigar, digitalizar, diseñar, coordinar— tenía un sentido dentro de un engranaje mayor. No era fácil, pero, de a poco, el aula fue cambiando.
Empezaron a aparecer momentos hermosos: el silencio profundo de quien escribe concentrado, la risa compartida cuando una idea inesperada se convierte en un acierto, la emoción de ver un dibujo terminado, el orgullo tímido de leer en voz alta algo propio y escuchar un “¡está buenísimo!” de un compañero. También hubo cansancio, discusiones, ideas que no funcionaban y la necesidad de volver a empezar. Pero, incluso en esos momentos, el proyecto seguía creciendo. Aprendieron a escucharse, a ceder, a defender una idea, a mejorar otra. Aprendieron que nadie hace un libro solo. Que cada rol, por pequeño que parezca, sostiene al resto.
Y en medio de todo esto, hubo algo que nos marcó. En un tramo del proceso, desde Comunidad de Aprendizaje del Ministerio de Educación se nos dijo que los libros finales se imprimirían para la presentación y celebración, etapa final del proyecto ABP. La noticia nos llenó de ilusión: imaginamos ese momento especial en el que cada estudiante podría tener su obra en formato físico, como un libro “de verdad”. Pero la impresión nunca llegó a concretarse. Las razones quedaron fuera de nuestro alcance, y aunque lo entendimos, no dejó de doler. Generó un sabor amargo, una decepción difícil de procesar
porque la ilusión de los chicos había sido grande. No lo mencionamos como reclamo, sino como parte del camino, de lo que enseñan los proyectos reales: que lo que se promete tiene impacto, que la palabra dada tiene un peso, y que cuando se trabaja con infancias las ilusiones se cuidan como tesoros.
Fue un recordatorio de algo que en la escuela aprendemos todo el tiempo; que los proyectos avanzan gracias al trabajo cotidiano de quienes los sostienen desde adentro, y que no siempre las promesas externas logran acompañar de la misma manera.
Aun así, nada de eso empañó lo logrado. Al contrario: confirmó que la fuerza del trabajo no estaba en una impresión oficial, sino en la creatividad, el esfuerzo y el corazón que cada estudiante puso en su cuento. Los libros tal vez no llegaron desde donde esperábamos, pero las historias sí llegaron a donde tenían que llegar: al orgullo de sus autores, a sus miradas sorprendidas, a ese momento en el que se reconocen capaces de crear algo valioso.
Cuando finalmente tuvimos el libro armado —aunque no impreso como soñamos— entendimos que la victoria ya estaba ahí. No hacía falta “ganar por goleada”. Ya habían ganado desde que se animaron a escribir sin miedo, a compartir sin vergüenza y a trabajar como un verdadero equipo. Porque Historias que ruedan, Leemos por Goleada nunca fue un proyecto sobre fútbol. Fue una escuela de confianza. Un laboratorio de creatividad. Un espacio para descubrir la propia voz. Una oportunidad para que cada estudiante entendiera que sus ideas importan y que, cuando se trabaja juntos, lo que se crea siempre supera lo que imaginábamos.
Dejó aprendizajes profundos: la importancia del trabajo cooperativo, la confianza en las propias capacidades, la valoración de la palabra del otro y la experiencia de construir algo en conjunto. También dejó recuerdos, emociones y una certeza compartida, cuando se trabaja con sentido, con compañerismo y con creatividad, la escuela se convierte en un lugar donde las ideas pueden crecer y hacerse realidad.
Fue, en definitiva, un proyecto sobre el derecho a soñar.
Y ellos, sin duda, jugaron el mejor partido.