Cuando el barro enseña y el mar acompaña

Un grupo de estudiantes de la Escuela Secundaria Orientada N.º 610 de Aguará Grande vivió una experiencia transformadora: viajaron tres días a Chapadmalal para capacitarse en bioconstrucción, donde moldearon un horno y revocaron una casa con técnicas naturales. La aventura forma parte de un camino que comenzó en 2024 con el proyecto “Sembrando nuestro futuro”, desarrollado en la Comunidad Productiva del Programa Red de Comunidades de Aprendizajes.

Lo que comenzó con la plantación de un árbol de Aguaribay y la creación de una huerta escolar —pensada para promover hábitos saludables, fortalecer el trabajo cooperativo y volver a conectar a los estudiantes con la tierra— fue abriendo el camino hacia nuevas formas de comprender la sustentabilidad. En ese recorrido apareció la permacultura, un enfoque que propone diseñar sistemas sostenibles inspirados en los patrones de la naturaleza. Fue entonces cuando conocieron a Maximiliano Sánchez, referente del movimiento en Chapadmalal, y de ese encuentro nació la idea de construir “casas de barro”, no para levantar viviendas, sino para crear bancos en espacios de encuentros bajo la sombra del Aguaribay.

Tres días que dejaron huella
Convencidos, gestionaron fondos, planificaron el viaje y se animaron a cruzar el mapa. Tres estudiantes de 3º año, junto a las profesoras de Música y Plástica, emprendieron una travesía transformadora. Durante la formación descubrieron la permacultura en acción: sistemas de cultivo ecológico, captación de agua, construcción natural con barro y paja, y una perspectiva comunitaria del trabajo. Para varios fue también la primera vez frente al mar y la primera vez habitando una aldea sustentable, experiencias que ampliaron aún más el aprendizaje.
Aunque provienen de la ruralidad, muchos no tenían incorporada la idea de la tierra como recurso valioso. Hoy, después del viaje, regresaron “revolucionados”, con nuevas ideas, entusiasmo y una perspectiva renovada sobre su propio territorio. La comunidad educativa ya percibe esos cambios en la escuela y en Aguará Grande.
La profesora de Música y facilitadora de las Ruedas de Convivencia, Silvina Almirón, resume la vivencia como “¡maravillosa!”. Destaca que fue una experiencia impensada y llena de aprendizajes: desde el viaje largo hasta habitar una casa de barro, identificar materiales y proponer mejoras con lo aprendido. La convivencia en un entorno natural —con techos vivos, gallineros, huerta, invernadero y el mar muy cerca— se volvió inolvidable incluso para quienes viven en zona rural. “Nos trajimos vivencias en las que hay que poner el cuerpo para comprenderlas”, cuenta Silvina. La lluvia no les impidió disfrutar ni trabajar: fueron días ideales para el COB (Construcción en Barro). Además, “Ver a los chicos descubrir la inmensidad del mar fue, según ella, profundamente gratificante”.

El grupo volvió lleno de proyectos: ideas para la escuela, propuestas para la comuna, vínculos con otras instituciones e incluso el sueño de crear “La ruta de la permacultura”, un circuito de viajes para seguir aprendiendo e intercambiando saberes sobre construcción natural. La Aldea incluso los invitó a regresar cuando quieran. “Todo sirve, nada se tira, todo contribuye al ambiente y a las personas”, resume Silvina, reafirmando el espíritu de la experiencia.

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